Rozados por el Peligro

Mallery Susan

Capítulo 1

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– Necesito un hombre con unas buenas manos -murmuró Liz Duncan y después, miró a la preciosa modelo rubia que había contratado aquella tarde.

– Eso es lo que necesitamos todas -dijo Marguerite, mientras se acomodaba con cuidado al bebé en los brazos. Después se echó hacia atrás la melena, por encima del hombro-. Por eso han escrito una canción sobre eso.

Liz ladeó la cabeza. Había algo en aquella escena que no concordaba. La proporción, quizá. Si fuera un hombre quien sostuviera al bebé, la imagen sería mucho más poderosa y evocadora. Los dedos de Marguerite eran demasiado delicados y las palmas de sus manos, demasiado estrechas.

– ¿Una canción sobre qué? -le preguntó Liz, distraídamente.

– Sobre unas buenas manos. Si vas a buscarte un hombre, consíguete uno bueno. Asegúrate de que sabe lo que hace.

Liz miró a la adolescente. Era una muchacha alta y delgada.

– Estoy hablando de trabajo.

– Yo no.

– Tú nunca lo haces -dijo Liz, mientras continuaba observando el boceto. Después, sacudió la cabeza-.Ya puedes dejarla en el cochecito. Hemos terminado.

– Claro, jefa -respondió la muchacha. Con cuidado, posó al bebé dormido en el cochecito y le acarició delicadamente la mejilla-. Gracias por el buen rato, pequeñina -dijo. Después, miró a Liz-. ¿De verdad has terminado conmigo?

– Sí. No te preocupes, le explicaré a la persona de contacto de la agencia que he cambiado de opinión con respecto al encargo y que no ha sido porque tú no funcionaras.

– Te lo agradezco.

Marguerite recogió el bolso y salió de la habitación. Liz se acercó al cochecito y se quedó mirando fijamente a la niña. Los diminutos rasgos del bebé la conmovieron.

– No me importaría llevarte a casa conmigo, preciosa -murmuró-. Qué pena que esto sólo sea trabajo.

Después de llevar al bebé a la guardería, Liz se paseó por los pasillos de Children's Connection, la organización sin ánimo de lucro de fertilidad y adopción que la había contratado para que les hiciera un nuevo folleto. Ella había ido a la caza de hombres más veces, pero nunca en relación a su trabajo.

– Deberían pagarme un extra por peligrosidad laboral -murmuró mientras doblaba una esquina y comenzaba a mirar por las oficinas.

Había nueve mujeres, tres hombres de más de cincuenta años y un chico fornido que no tenía más de treinta. Pero no había ningún individuo fuerte y masculino con unas manos maravillosas. La visión de Liz para el folleto estaba clara: la imagen de alguien sosteniendo a un bebé. Al principio, había pensado que aquel alguien fuera una mujer, pero había cambiado de opinión.

Se dirigió hacia la salida. Quizá el Hospital General de Portland, que era el edificio contiguo, pudiera ser una fuente mejor. Si tenía suerte, encontraría a un médico o algún residente que se apiadara de ella y el bebé siguiera durmiendo apaciblemente. Si pudiera…

Un hombre llegó a la puerta principal al mismo tiempo que ella. Él abrió la puerta y esperó cortesmente a que Liz pasara primero. Liz se detuvo en seco al ver sus manos. Tenía los dedos fuertes y las palmas anchas. Aquellas manos tenían aspecto de ser algo más que hábiles: transmitían confianza. Ella las veía acunando al bebé, dándole refugio y seguridad. Eran el lugar de descanso perfecto para un niño cansado y confiado.

– ¿Has cambiado de opinión? -preguntó el hombre.

– ¿Eh? -Liz lo miró, parpadeando y entonces se dio cuenta de que el hombre continuaba sujetando la puerta para que ella pasara. ¿Se estaba marchando?

– ¡Espera! No puedes irte -sin pensarlo, lo agarró por la manga de la chaqueta-. ¿Te marchas? ¿No podrías esperar unos minutos? Bueno, en realidad sería casi una hora, pero no más. El bebé se despertará después. Pero tengo una hora, si tú puedes.

Mientras hablaba, alzó la mirada desde las manos del hombre hasta su rostro. Era joven; tendría unos veinticinco años. Guapo. Seguro de sí mismo. Interesante. La estaba mirando fijamente. Tenía los ojos marrones y sus labios, sensuales y firmes, estaban ligeramente curvados en las comisuras.

– ¿Qué? -le preguntó Liz, consciente de que era posible que lo que había dicho no tuviera mucho sentido.

– Me estoy debatiendo entre trastornada y encantadora -respondió él.

Ella le soltó la manga.

– Te sugiero encantadora. Es más halagador y exacto. De vez en cuando soy muy temperamental, pero casi nunca loca. Deberías hacerme caso.

– Está bien -respondió él. Soltó la puerta y dio un paso atrás.

Mientras él se metía las manos en los



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