Pasión En El Desierto

Mallery Susan

Uno

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La isla de Lucia-Serrat brillaba como una esmeralda en un lecho de zafiros. Phoebe Carson apoyó la frente en el cristal de la ventanilla del avión mientras contemplaba el exuberante paisaje. Cuando estaban dando un rodeo para aterrizar, vio una playa blanca como la nieve, un bosque tropical, una media luna de mar azul y, por fin, una pequeña ciudad encaramada sobre un acantilado. El corazón empezó a martillearle en el pecho.

El asistente de vuelo les pidió que recogieran las bandejas de los asientos y pusieran los respaldos en posición vertical. Lo que tan extraño le había parecido cuando comenzó su viaje, a esas alturas se había convertido en una rutina. Phoebe se ajustó el cinturón de seguridad y plegó la bandeja. Había estado demasiado concentrada mirando por la ventana para preocuparse de inclinar su asiento hacia atrás. No había querido perderse nada mientras se acercaban a Lucia-Serrat.

– Tal como tú me dijiste, Ayanna -susurró para sí misma-. Precioso. Gracias por invitarme a venir.

Concentró de nuevo su atención en el panorama que se divisaba por la ventanilla. La tierra parecía apresurarse a recibirlos, hasta que de repente sintió la suave sacudida de las ruedas del avión al tomar contacto con la pista. Podía ver los exuberantes árboles y arbustos, las flores tropicales y las aves de brillantes colores. Luego el aparato enfiló hacia la terminal y el paraíso quedó fuera de su vista.

Media hora después, Phoebe había recogido su escaso equipaje y atravesado el control de aduanas e inmigración. El joven funcionario le había dado la bienvenida, había sellado su pasaporte y le había preguntado si tenía algo que declarar. Cuando ella le contestó que no, le franqueó el paso sin mayor problema.

«Qué fácil ha sido», pensó Phoebe mientras se guardaba su pasaporte nuevo en el bolso.

A su alrededor se saludaban efusivamente los familiares. Alguna que otra joven pareja, evidentemente de luna de miel, caminaba lentamente del brazo. No pudo evitar sentirse un poco sola. No debería; no al principio de su aventura. Encontró un teléfono y llamó a su hotel. El recepcionista le prometió que el chófer se presentaría para recogerla en quince minutos.

Phoebe se dirigía hacia la gran puerta de cristal del aeropuerto cuando el escaparate de una pequeña tienda dutty free llamó su atención. Por lo general no le gustaba mucho comprar, pero la presentación de productos resultaba atractiva: frascos de perfume francés desplegados sobre tela de satén, bolsos de diseñador y zapatos colgando de cables del techo, apenas visibles. Todo parecía hermoso y muy caro. No le haría daño echar un vistazo mientras esperaba a que llegara el coche del hotel.

Phoebe entró en la tienda y aspiró una bocanada de perfume. Diferentes aromas se combinaban perfectamente entre ellos. Aunque le intrigaban los frascos del muestrario, la dependienta, una mujer alta y vestida a la última moda, la puso nerviosa, así que se volvió en la dirección opuesta, para terminar delante de una vitrina de joyería.

Anillos, pendientes, pulseras y collares parecían haber sido arrojados con descuido sobre un manto de terciopelo. Pese a ello, Phoebe sospechaba que semejante desorden era calculado y debía de haber costado sus buenas horas de trabajo. Se inclinó para examinar mejor las joyas. El diamante de uno de los anillos era mayor que la uña de su dedo meñique. Sólo con el dinero que valía aquella pieza, podría vivir razonablemente bien durante un par de años. Si aquella tienda era representativa de las de que había en la isla, iba a tener que conformarse con mirar los escaparates.

– Creo que es demasiado grande para usted.

El inesperado comentario la tomó desprevenida. Se irguió inmediatamente, llevándose una mano al pecho.

– Sólo estaba mirando -dijo sin aliento-. No he tocado nada.

Aunque Phoebe era alta, algo más de uno setenta y cinco de estatura, aquel hombre la sobrepasaba por lo menos en un palmo. Era moreno, con el pelo peinado hacia atrás. Tenía diminutas arrugas alrededor de los ojos, unos preciosos ojos de color castaño oscuro, y un asomo de sonrisa bailando en las comisuras de los labios.

Phoebe se ordenó desviar la mirada, ya que era una grosería quedárselo mirando con tanta fijeza, pero algo en su expresión, quizá los rasgos como esculpidos de sus pómulos y de su mandíbula, se lo impidió.

Parecía el clásico modelo masculino de un anuncio de licor caro, sólo que un poquito mayor. Phoebe se sintió instantáneamente fuera de lugar. El vestido que llevaba le había costado menos de veinte dólares en una tienda de saldos, y desde entonces había pasado un año, mientras que el traje de aquel hombre parecía realmente caro. Aunque tampoco tenía muchos conocimientos sobre ropa masculina…

– La pulsera -dijo él.

– ¿Perdón? -parpadeó, asombrada.

– Creía que estaba mirando la pulsera de zafiros. Aunque es preciosa y el color de las piedras combina muy bien con el de sus ojos, es demasiado grande para una muñeca tan fina como la suya. Habría que quitarle demasiados



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